Con un destino diferente
Miró su reloj y se dio cuenta que había pasado mas tiempo del que imaginó. Las nubes teñían la tarde y en el gris que reinaba aun podían verse algunas aves escaparse de los arboles que todo lo cubrían. El tren comenzaba a llegar a la estación y pudo divisar, a lo lejos, el anden que se acercaba lentamente. Con la ansiedad de quien espera algo, deseó estar fuera de aquel vagón para poder estirar sus piernas. El viaje lo había agotado y esperaba como consuelo terminarlo. Dejó escapar una mirada mas al cielo y fue entonces cuando el sonido de los frenos anunciaron su llegada, anticipándose al grito a viva voz del guarda. Con un suspiro y una mirada cansada, dijo mucho de lo que estaba viviendo sin emitir palabra. Sabia bien que culpar al viaje por sus hombros caídos y su rostro angustiado seria mentir descaradamente.
En ese momento se preguntó si la razón por la que viajamos es para dejar atrás nuestra partida. No supo responderse y dudo un instante al descubrir que estaba escondiendo un verdadero escape. Había recorrido mucho por creer que cuanto mas lejos llegara, menos pasado tendría a cuestas. Como quien pretende esconder el sol con su pulgar, ahogar un llanto cubriéndose la cara o aparentar fortaleza endureciendo su corazón, se había mentido una y otra vez. Un viaje jamás deja atrás su partida. Ella misma es parte del destino, porque sin tal no habría llegada. Paradoja sin sentido que volvía en vano cualquier intento por seguir adelante.
Con el ceño fruncido y su razonamiento en contra, dirigió su andar a uno de los bancos del lugar. El frío, que delataba a la noche esperando su turno para aparecer, lo envolvió sin rodeos. Intentaría ordenar sus pensamientos antes de que se agolparan violentamente en su cabeza. Fue así que no se percató siquiera del extraño que lo estaba acompañando sentado a su lado y lo miraba detenidamente. En el fragor de la lucha que se libraba en su mente, había descartado tanto angustias como alegrías sin pensarlo y por igual. Había caído en la cuenta de que la distancia no evitaba el dolor y en medio de su pena el día se oscureció aun mas.
"Nunca es tarde para volver" escuchó. Acompañó su frase con una cálida sonrisa mientras miraba a su alma. Aquel extraño, tan anónimo como desconocido, en un instante se volvió familiar. Atinó a querer responderle pero fracaso en su balbuceo sin sentido. No tenia nada que decir y escucharlo fue su único sentir. Al fin y al cabo se había hablado tanto a si mismo que una voz diferente era bienvenida en su propio caos. Su mundo se había vuelto tan ajeno a los demás que se permitió una cuota de realidad en su vida. Fue asi que sin darse cuenta recibió algo mas que su compañía. Se decía llamar hijo de Dios, de aquel Dios que la biblia solía hablar. Un extraño hijo de alguien que creía conocer.
Con los años no recordaría que fue de esa charla iniciada con tan particulares palabras pero quedaría grabada a fuego la fecha en la que se dio. Su lenta agonía, agonía que había vivido hasta ese tiempo, terminó por expirar al descansar en esa mirada. En ella emprendió su ultimo gran viaje de regreso a su hogar. Pudo darse cuenta que el dolor siempre había estado con él y al decidir dejarlo de lado no necesito seguir escapando. Aquel desconocido lo invitó a creer en su Dios mientras le acercó respuestas a tantas preguntas que tenia. Como quien se siente perseguido por su sombra y deja de correr al descubrir la luz, abandonó la idea de querer tapar el sol, ahogó el llanto en Su abrazo y su corazón cambió. De esa forma volvió a viajar nuevamente pero con un destino diferente...














