Un café en la intimidad
Las sábanas se habían mareado en el correr de la noche y despertó entrelazado entre ellas sin saber como podían enredarse tanto. Abrió un ojo y con mucho esfuerzo el otro, sintiendo la obligación de despertar. La noche no daba paso al día y en plena oscuridad tanteo a ciegas su celular. La madrugada llegaba a su fin poco a poco. Era una realidad que su rutina diaria tenía que comenzar y decidió enfrentarse a esa idea. Era imposible negarla, y al fin y al cabo, todo un día lo esperaba. Evito los correos recibidos e hizo caso omiso a las redes sociales que clamaban por ser revisadas. Tenía otras tareas que realizar antes de que las mismas lo terminen ahogando en mensajes y comentarios que hacer. Se sentó sobre su cama, cargando aún sueños por dormir, y se decidió a comenzar.
Una voz llena de silencio lo llamaba como cada mañana y en su corazón podía sentirla con total claridad. Con el correr del tiempo había podido aprender a escucharla y entre tantos despertares, el inicio del día no era tal sin aquella voz que lo invitaba a encontrarse con su presencia. En otra época el pensar así hasta lo habría asustado. Era difícil imaginar en aquel pasado un presente como el que vivía. Distinto, único, especial. Cada vez que se ponía a reflexionar sobre ello volvía a agregarle algún adjetivo más, como si el idioma pudiera, de alguna forma, describir lo que sentía en su cotidianeidad.
Dejo la cama atrás y se encaminó a prepararse un café. Su taza protagonizaría el desayuno y en su mejor momento ofrecería un ambiente cálido y acogedor. Sin embargo, por más buena intención que tuviera, aquel café no podría ser el centro de esa parte del día ya que no sería el único acompañante presente en la mesa. Ya despierto y con su aparente soledad a cuestas, su taza humeante era el complemento perfecto para un encuentro que se volvía cada vez más necesario a medida que transitaba su vida.
En su infancia había escuchado muchas veces que una oración al Dios de sus padres tenía mas relación con un recitado lento y religioso que con una charla entre dos íntimos. Había cargado con esa idea por años, años que permitieron que cualquier tipo de interés por realizar esa costumbre se volviera nula. No tenía sentido, ya en su madurez y dominio propio, volver a repetir prácticas que resultaron vacías ayer y volverían a serlas hoy. Carente de intensiones que lo llevarían a querer siquiera acercase a Dios de esa forma, buscó encontrarlo en lugares y personas, fracasando a cada paso de su errante camino. Cansado y desgastado por singular tarea sin sentido, supo sepultar en el olvido todo deseo de búsqueda similar.
Fueron varias las veredas transitadas y muchos los ojos que lo vieron pasar. Y en ese ritmo frenético y sin rumbo, termino encontrando sin querer aquello que había dejado de buscar hacía tiempo. Le echaría la culpa a la crisis que sufrió aquella vez, a la desesperación que vivió o simplemente al mero azar. Sin embargo entendería más adelante que Dios, aquel Dios que sus padres conocían y que luego sería también el suyo, lo había esperado pacientemente y no era una causalidad que terminara llamándolo en medio de la oscuridad de su vida. Había clamado, y sin creer que fuera tan sencillo como ello, accedió a conocerlo de una forma que jamás había vivido. Fue así que tuvo un encuentro con lo eterno y desde ese día, sintió la necesidad de no perderlo.
Sonrió apenas termino de servirse el café que lo invitaba a sentarse a la mesa. Sonrió recordando su propia historia. Historia que encontraba hoy al Creador y a su hijo juntos en medio de una charla única e irrepetible, compartiendo un café en la intimidad...

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