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Adiós y hasta pronto

Podría empezar por el principio, como toda historia común y corriente. Podría ser una narración más, una vivencia que sucedió, un cuento. Sin embargo no se trató de nada de eso, fue algo diferente, muy diferente. Y es aquí donde el lector se encuentra con el final, antes de conocer su comienzo. Picardía del destino, ironía del camino y un sinfín de preguntas al olvido. 
Cuentan quienes lo vivieron que un "adiós y hasta pronto" nunca se trata de una promesa vacía, de una forma de decir ni siquiera de una tradición. Un "adiós y hasta pronto" envuelve un "te vuelvo a ver, no sé cuándo ni cómo, pero lo haré". Promesa que promete, si las hay. Cuentan también que cuando una despedida se tiñe de ese sentimiento mutuo quedan en el tintero muchas palabras que jamás conocerán el exterior y muchas veces morirán antes de nacer. Guardadas y luego olvidadas, aquellas sabrán más de lo que deberían y por eso se las obligará a callar. Sentirán en lo secreto, en el silencio del anonimato. Amaran, extrañaran, sufrirán y se pasaran toda su existencia entre sombras de recuerdos que con el tiempo se irán desdibujando pero nunca desaparecerán. 
Y no fue la excepción su historia, aquella que los unió y los separó casi al mismo tiempo. Se despedirían con tanto por decir que callarse sería tal vez el error más acertado que tomarían. Escribirían sin palabras sus mejores frases para escucharlas sin nombrarlas, sabiendo que sus nombres aparecerían juntos. Con la pluma de los sueños inconclusos llenarían hojas en blanco sin sospechar que las mismas dirían más de lo esperado.  Las leerían con el tiempo y recordarían con una sonrisa cómplice al pensar en ello. 
El intentaría encontrarle sentido a su partida, ella se lo daría. A veces las cosas suceden sin más y oponerse sería una necedad de su parte. Con esa idea descansaría en la soledad de sus pensamientos descubriendo de mil maneras lo especial que había sido su encuentro. Porque encontrarse en esta vida no es algo fácil y mucho menos sin buscarse. Entendería con los días que a pesar de todo ya no sería el mismo y eso le gustaba. Quedaría con él un poco de ella. Se llevaría su recuerdo, su huella. Llegaría a tener la certeza de que algunas personas permanecen sin necesidad de estar presentes. Ausencia que no alcanza para que estén ausentes.
Volvería una y otra vez sobre aquel encuentro. No se trataría de una rutina producto de la nostalgia aunque quizás si de un impulso. Es que un encuentro no necesariamente termina en una despedida. Encontrarse sucede y no se puede negar con un adiós. Tendría en claro que un camino que se cruza con otro no son dos sendas que van a la par, lo sabía. Pero también sabia que no conocía el plano completo. Y eso lo dejaba tranquilo. Como un iluso o soñador, cualquier motivo le era suficiente para esperar que más adelante las vueltas de la vida terminarían lo que habían comenzado. Y a veces es así. Solo Dios sabe que sigue, que pasos se suceden unos a otros y uno solo debe transitarlos dejándose llevar.
Cuando estamos en el rio correcto, ir contra la corriente no significa revolución sino pérdida de dirección. Lograr dar con él hace la diferencia, luego se trata de seguir su voluntad. Al fin y al cabo no es difícil de entender. No es difícil hasta que, sin querer, tocamos puerto en el lugar equivocado. Es ahí donde las dudas toman fuerza y quedarse o seguir se torna la decisión más importante a tomar. Así como dos destinos que se cruzan lo hacen para seguir en direcciones contrarias, avanzar es dejar atrás. Y se avanza cuando no estamos donde deberíamos quedarnos. 
Correría el riesgo de soltar su mano y dejarla ir. Ambos sabían que no era su tiempo y la despedida saludaba a un pasado muy cercano. Demasiado cercano. Dicen que las distancias son relativas y solo dependen de nosotros. Se puede estar cerca a lo lejos y distante en lo próximo. Fue por eso que prefirió alejarse y sentir que su recuerdo la haría sentir presente a su lado. Seria quien le permitió ser su mejor versión y hacia allí caminaría. La miró a sus ojos y su mejor despedida enseño su más ansiada promesa, adiós y hasta pronto...


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No era un día para recordar

Como quien con nostalgia extraña, quien sueña se deja perder entre mundos de otro mundo sabiendo que nos está permitido dejar la realidad y avanzar por lo desconocido de lo imposible. Cada tanto olvidaba visitar el recuerdo y el presente lo dejaba sin palabras. No lo hacía siempre, prefería vivir de pasados a tener que construir futuros que nada tenían que ver con aquel nombre. Un  nombre que en pequeñas visitas lo había cautivado. Nada tendría que haber pasado de tal forma, porque eso era lo normal decían. Con el tiempo aprendería que lo normal solo lo es cuando quien lo dice es uno mismo. Y en ese presente se había quedado sin palabras. Que ironía. No creía necesario tener que mencionar algo, solo que le extrañaba no tener nada que decir. Él, quien siempre había sido quien tenía la iniciativa, ya no podía siquiera esbozar una sonrisa al verla tan cerca de alejarse para siempre. No podía o no quería, aun no lo sabía. Una parte de su ser quería algo mas, una jugada inconclusa no es un final, repetía, solo se trata de una pausa. Una pausa entre dos momentos que al fin y al cabo nada iban a cambiar la historia. ¿O si? Dudaba ya de todo y aquella pregunta no era la excepción.
Cuando llegamos a un camino que se bifurca, la decisión que tomemos solo nos alejara del camino que dejemos. Sin embargo, si nos quedamos frente a ambos aun estamos a tiempo de todo, y eso no era poco.  Tampoco era mucho, eso también era cierto. No se trataba esta vez de ver el vaso medio vacío o lleno sino de preguntarse qué es realmente lo que queremos. Aunque no siempre estamos seguros. De hecho, nunca lo estamos.
Caminó en círculos mientras sus ideas lo envolvían una y otra vez en dudas que no hacían más que alejarlo de tomar una decisión. Y tenía que tomarla llegado el momento. ¿Intentaría regresar después de haberse confundido? Ya había escrito sobre aquellos caminos que solo son de ida, y este era uno de esos. Mientras le hablaba a su soledad en silencio, un rocío amenazo con lluvia aquel día dejándolo en medio de una tormenta minutos más tarde. En plena lluvia recordó que mojarse a veces no es tan malo y olvido por completo el malestar de verse empapado una vez más. No sería la primera vez que del cielo lo recibieran con gotas frías y sin sentido. Sin sentido para él, porque de alguna forma las tormentas son necesarias. No están  de más. Terminaríamos por quererlas al final del recorrido sabiendo que por las mismas hemos cambiado. Y los cambios son necesarios. Algunas personas se acostumbran a caminar bajo el agua y no es motivo de conformismo el mostrarse así, sino más bien es creer que en un mañana el sol volverá a salir. También recordó que probablemente aquella tormenta no solo lo sorprendería a él sino también a ella y con un dejo de impotencia se volvió sobre sus pasos y dejó sobre sus huellas ideas de abrazos que la lluvia se encargó de borrar. No era un día para recordar.

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Jugar a perder

Y en sus caprichos quiso amar y descartar con igual velocidad, se olvidó que en eso no se puede jugar. Pretendió ser niña en un mundo de adultos, quiso curar las penas comprándose indultos al precio de promesas que no pudo cumplir. Por sentirse débil busco los brazos de quien siempre la espero a ciegas. Se olvido también que demorar ese abrazo abre los ojos de quien sea, hasta en plena oscuridad.
Quiso sentirse amada, sentir que había razones para avanzar y al encontrarlas soltó la mano de quien en su caída no dudo en levantar.
Impulsiva y desafiante, decidió ir en busca de felicidad sin pensar en lo que realmente quería. No pensó en las consecuencias y con insistencia golpeó puertas olvidadas. Ella aun las recordaba y sabía que tras las mismas dormía un pasado que no pasaba. Con futuros entre sus manos, con promesas y sin dudarlo, ofreció más de lo que podía dar y se daría cuenta de ello al momento de volverlo a pensar. Sin querer lastimar hizo más daño que tomándoselo en serio y cometió adulterio a la buena fe engañándola con sus propios miedos.
Fue en el silencio que dijo su verdad, ya que con palabras nunca supo hablar. Escondió su mejor disfraz tras el placard de la soledad mientras a tientas lograba escapar de aquel espejo que nunca reflejó su realidad. Soñó con más, quiso saciar su orgullo con quien debió también soñar, mas prefirió seguir su camino sin advertir que el destino gastaba ya su segunda oportunidad. Qué pequeña diferencia entre soñar y vivir, entre realidad y sentir, entre lo que haces y lo que decís. No se trata de intensiones sino de acciones y en tus pasiones nunca mi nombre se escribió correctamente. Entre tus hojas mi historia nunca tuvo un capitulo sino más bien un titulo que citarlo esta demás. No fue contado para ser leído sino más bien oído en bocas ajenas a tu verdad.
Y en su inocencia aparente, su frescura ocurrente, imaginó caminos que comenzó a recorrer. Bajo al papel ideas y les dio forma, trabajó en ello y fue placentero verla crear. Pero al aburrirse de su propia iniciativa dejo sin vida aquella verdad y siguió sin darse cuenta a quien acababa de matar.
Los sueños nacen para morir, de eso no hay dudas, pero muchas veces volvemos a soñar lo mismo una y otra vez aunque ya no causan la misma impresión. Con un gusto a deja vu, con un tinte conocido, la pluma que los escribe ya sabe que lo sabemos y es por eso que sus dichos no convencen tanto como hace tiempo.  
Fuiste niña y no mujer, fuiste lo que nunca seré, irresponsable y sin temor a equivocarte terminaste cometiendo el error que siempre buscaste. Jugaste a un juego que mío nunca fue, me invitaste a destiempo y ya había perdido. Con el tiempo aquella niña crecerá y se dará cuenta que al final, hay juegos que no debe jugar...

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En tu mirada mi historia.

Había pasado tiempo y aquella mirada aun lo miraba. Perdida en el tiempo, pero no en el recuerdo. Aun estaba presente, no había sabido estar ausente. Como quien pretende lo imposible se había jurado no volver a nombrarla, como si en ello se encontrara el olvido. Que confundido estaba. Después del abismo no había camino y lo que quedaba solo era el regreso. Recorrerlo se trataba de una utopía sin soñador, una ilusión sin ambición. Habría sabido escribir la historia que algún día creyó estar protagonizando pero la pluma se quedó sin tinta antes de terminar la primer hoja. No había mucho más que contar, ya no había héroe que citar ni princesa que salvar. Un cuento que terminó antes de tiempo, una historia que no fue leyenda porque el destino se olvidó de escribir. ¿Qué faltó? ¿Qué falló? Preguntas sobrarían y respuestas no aparecerían. Se cansaría con el tiempo de buscarlas. Dejaría de hacerlo y prometería seguir hacia adelante. Un futuro incierto y austero, en soledad. Avanzar y seguir. ¿Hacia dónde? Tampoco respondería a esa pregunta. No estaba seguro de poder hacerlo. Simplemente caminaría hacia adelante. De esa forma dejaría atrás su pasado y esos ojos, sus ojos que aun lo miraban.
Es curioso como la vida termina por enredarnos según pasan los días, los meses y la vida misma diría. Las idas y vueltas son eternas y sorprenderse con darse cuenta que caminamos en círculos no es ninguna novedad. Te escuche decir que la vida se vuelve rutina y la rutina la volvemos vida. Y tenías razón. Pasó el tiempo y mi rutina fue olvidarte. Mi vida fue entonces tratar de hacerlo. Pudiste ser alguien más, de hecho debiste ser alguien más. Pero no fue así y ese fue mi mayor error. O tal vez mi mayor acierto. Pensarlo demasiado a veces confunde más. 
Entre otoños que enmudecieron ante un invierno crudo que avanzó, su mirada cálida volvió a mirarlo sin siquiera pestañar. Podía ser un sueño, pero él conocía de sueños y esto era algo más. Un deseo tal vez, aunque difícilmente realidad. Para lograr aquello se necesitaba más que desearlo y no estaba seguro de querer intentarlo siquiera. Sus dudas no eran en vano, aun sus heridas le impedían amar, incluso querer. Se trataba de un presente que sabía a pasado y aquel gusto amargo era difícil de superar. Su adiós y no me olvides tuvo ese mismo sabor. Aprendería a la fuerza que vivir de impulsos hace que vayas rápido pero recorras poco. Aprendería a la fuerza que nada de eso se aprende, solo se vive.
¿Qué somos acaso? ¿Lo que deseamos, lo que intentamos o lo que logramos ser? Lo deseado es inalcanzable si no se logra, pero no se logra si no se intenta. Un paso lleva al otro y mis pasos hacia ti. No me culpes ni te culpo. Hoy ya solo son palabras y no besos los que tengo, mas no pienso ya callarme por sentir. Cuentan que fue el escritor más sabio quien gritó con su pluma las palabras que tenía consigo. Prefirió la eternidad de lo escrito a lo fugaz de lo dicho. Porque lo hablado se recuerda y los recuerdos a veces se olvidan, mas la historia contada por quien la escribe se hace perpetua entre sus hojas. Y así decidió él dejar su verdad: escrita. Su razón para escribir la nombraría sin querer, como quien busca para encontrar, incluso sabiendo que ya esos caminos no debería volver a recorrerlos. A decir verdad no sabía bien lo que quería, eso era claro, pero se volvería a preguntar una y otra vez si realmente eso alguien lo sabría...


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Hoy el cielo ha llorado

Fue una mañana fría, una mañana de otoño. De esas donde los arboles ya pelados reciben al sol sin mucha gracia. Podría haber sido una jornada más, un domingo aburrido de aquellos en donde el olvido gana terreno fácilmente, pero no lo era. Con un gusto amargo en la boca amanecí de repente, olvidando un sueño que me había visitado la noche anterior. Mi mente desordenada, despertando de a poco, tardó en recordar porque un rastro de melancolía cubría aquel día. No estaba seguro de haber dejado atrás una pesadilla pero sabía que tampoco estaba todo bien. Las preguntas no tardaron en llegar y encontré respuesta en tu nombre. No era casualidad sentirme así, nada era coincidencia y ese dejo de tristeza que nublaba mi alma volvía una y otra vez nombrándote. Que difícil forma de tenerte presente. Hoy el cielo había vuelto a llorar y tan solo por el sol no se había notado. Un sol que otros podían darse el lujo de disfrutar. El cielo, mi cielo y el tuyo, había dado paso a una tormenta que tus mejillas no dejaba de mojar sin tregua ni piedad. ¿Por qué? No lo sabía, y en mi manía de tener siempre una palabra, en ese momento no la tuve. No la tuve ni la tendría. Me costaba aceptarlo, me costaba admitirlo, y a pesar de todo no se trataba de una renuncia. No se renuncia ante la impotencia. Impotencia que al fin y al cabo no consuela. Se vuelve una y otra vez a pesar de saber que nada es suficiente.
Y allí me encontraba. Sabiéndote en el borde del abismo sin que pudiera hacer mucho. Al borde de donde un paso en falso podría ser el final. Pero no iba a dejarte caer. No era una idea que podía aceptar y como un capricho sin razón decidí que no te abandonaría allí. Tendería mi mano hasta encontrarte, a pesar de que fuera el lugar más profundo y oscuro. Te encontraría y en ello dejaría mi mejor esfuerzo para lograrlo. Dispuesto a darte mí aliento, tan lejos y tan cerca a la vez, estaría presente.
Dios ya sabe lo que darías por verlo una vez más. No hay secreto más evidente que el querer volver al pasado cuando el presente no nos deja más que días de dolor. No hay razones suficientes que se puedan explicar para hacerte olvidar que hoy ya no es ayer y eso nunca sucederá. Pero no se trata de dirigir los pasos hacia atrás, allá adelante lo encontrarás porque en Él hay eternidad. La vida sigue en una sola dirección. Solo hay caminos de ida, pero sabiendo hacia donde nos dirigen es que obtenemos las fuerzas para avanzar. Hoy el cielo ha llorado, pero no lo olvides mi querida. Mañana amanecerá.

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Encontrándome


Desperté esa mañana sabiendo que algo me faltaba. No estaba seguro el porqué de esa sensación pero podía jurar que algo no se encontraba en su lugar. Seguiría incómodo conmigo mismo hasta hallar aquello. Salte de mi cama con ese pensamiento y me dirigí a la ducha para tratar de aclarar mis ideas. El día había comenzado y ya tenía una deuda con el buen humor. Me vestí rápidamente. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cuándo comenzamos a darnos cuenta de lo que nos falta? ¿Cómo salimos a buscar eso que ni siquiera podemos definir? Eran demasiadas preguntas.
La calle estaba como siempre. El ruido de los vehículos se volvía ensordecedor al llegar a los semáforos. La impaciencia de la gente recorría cada centímetro de la calzada y seguía por los edificios. Gritos, bocinas y todo aquello que hiciera llamar la atención era utilizado para hacerse presente en la urbe sin rostro. Y allí estaba yo. Caminando en otro ritmo, en otra sintonía. A veces trataba de abstraerme, y lo hacía bien reconozco. Lograba llegar a otro mundo, ese que me permitía un momento de silencio entre tanta anarquía social. En cámara lenta recorría con mi mirada esas vidas consumidas por el día a día, por lo cotidiano de la ciudad. Y me creía ajeno. Esa tal vez era mi parte preferida. Como quien inocentemente sueña con una realidad a la que nunca llegará, pensaba que mi estadía en ese antro era tan solo una cuestión de perspectiva. Si creía que no era parte de ello, no iba a serlo. Pero claro, nunca me habían dicho que no alcanzaba con la voluntad.
Dicen que la razón es un don que bien utilizado puede hacernos crecer como personas. Aunque pocos tienen razón en lo que dicen. Mientras caminaba en la búsqueda de lo que había perdido me di cuenta que lo que hoy era una certeza, ayer ya existía en mi interior. Me faltaba desde hacía ya tiempo. Hay ocasiones en donde la vida nos muestra que las cosas están mal pero no nos animamos a cambiar. Se da en dos momentos. Nos enteramos y luego, tratamos de cambiar. No es algo fácil, de eso estoy seguro.
Tras dejar la zona céntrica, la calma de los alrededores logró volverme a la realidad para ver como una mujer caminaba a mi lado. Al principio pensé que era alguien más, una desconocida simplemente. Pero me equivoque. Note de repente un aire familiar en sus facciones y termine por convencerme de que venía conmigo. Me estaba acompañando. ¿Desde cuándo? Desde hace tiempo, tal vez días, meses, años. ¿Cómo no la había visto antes? No estaba muy seguro. A lo mejor sí, pero no quería saberlo. Aquel mundo donde prefería estar, aquel rincón de la razón donde abstraerme era mi resguardo terminó siendo lo que hizo perderme de todo. Esa mujer, mi compañera de vida, era parte de lo que me faltaba. Me faltaba mi realidad y empezaba a descubrirla. Había comenzado a encontrarme después de todo...

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Caminos de ida


En ocasiones nos topamos con caminos de ida y no de vuelta. La vida tiene esas manías donde se olvida de la doble mano y lo único que nos queda es avanzar. No digo que este mal, no creo que sea tan así tampoco. Solo que pocas veces nos damos cuenta de aquello. Las señales pasan de largo y creemos  que en cualquier momento podemos regresar y retomar otra vez las cosas. Volver a empezar retrocediendo lo que sea necesario. Pero no. No siempre es así.
Era una noche de verano cuando conducía mi auto por aquella autopista desolada. El calor del día aun seguía presente en el aire y hacia mas eternos los minutos que pasaban. La discusión en su casa había quedado atrás junto con ella. Me dirigía a la mía, con un humor poco amistoso y unas ganas de llegar a destino inexplicables. Había decidido ir por la vía más rápida, la que casi nunca utilizaba. La mayoría de las veces no tenía prisa, pero esta vez las cosas habían cambiado. Nunca discutía con ella. Generalmente cedía lo suficiente como para evitar la confrontación. No la creía  necesaria. ¿Qué había obtenido al fin y al cabo luego de gritar? Absolutamente nada.
Nunca un camino termina siendo el equivocado luego de ir en él por mucho tiempo. Se trata de una mala elección desde el momento en que lo tomamos. Solo que no nos damos cuenta. Seguimos avanzando sin percatarnos de que nos alejamos de nuestro destino. Caprichos, apuros, ansiedades o simples decisiones erradas hacen que creamos que una dirección es mejor que otras a pesar de no estar seguros de ello.
El marcador superaba los 150 km/h. Mis deseos de llegar se traducían en velocidad. Cada minuto que acontecía me recordaba lo que había pasado y no era algo que quería conservar en mi memoria. Esa noche tenía que terminar y el acelerador sufría la presión de mis pasiones. Era consciente de mi actuar aunque no podía ver como las distancias se acortaban. El pavimento de la autopista parecía interminable. ¿Me había pasado? En un principio me convencí de que era imposible seguir de largo sin ver la salida hacia mi ciudad, aunque ahora empezaba a dudar. Un sudor frio recorría mi espalda producto del calor y el viento que provocaba la rapidez con la que me trasladaba.
Es al día de hoy que no se qué fue lo que produjo ese choque, solo que no estuve allí para sentirlo. Dicen que la memoria nos juega trucos que terminan por vencernos y ese fue uno de ellos. Fue cuando intente cerrar el vidrio para frenar la ráfaga fría que invadía mi auto opinan algunos. Otros que me quedé dormido al volante. Existen muchas historias sin embargo nadie me conoce. Ni saben que hacia allí. Mi pasado quedo atrás y debí empezar otra vez, sin un camino de vuelta. No creo que haya sido negativo todo esto, solo que avanzando encontraré mi destino. A veces retroceder no es una opción...  


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Rompiendo con la rutina


Fue cuando decidí romper con la rutina. No lo había pensado hasta ese momento y tan solo sucedió. Uno a veces no debería pensar cuando actúa. ¿Por qué debemos dar explicaciones siempre? Somos parte de una sociedad que nos exige razones. Dejarnos llevar no es muy cotidiano ni parece serlo. Tal vez por miedo a lo inseguro, por aferrarse a lo conocido o quizás por falta de confianza terminamos por repetir día tras día lo mismo. La marea nos dirige y no nos inmutamos. Sin embargo ese día en especial fue diferente. Acababa con mi jornada laboral y me dirigía  de vuelta a mi casa. Sin lugar a dudas había tenido una semana difícil y el estrés diario oprimía mis espaldas tratando de empujarme hacia el abismo del sistema. Yo conocía esa sensación. Nunca termina por tirarnos. De eso no se trata ya que sería un final simple y sin emoción. De hecho nunca caemos, pero tampoco dejamos de estar allí: en el límite. Como una carrera sin destino, un camino sin pausas.
Es un momento donde esas ganas de parar por un descanso  terminan por hacerte pensar que llegaremos tarde siempre. Pero, ¿a dónde? No lo sabemos. Nuestra única certeza esta en avanzar y procuramos hacerlo bien a pesar de que por dentro sabemos que algo nos está faltando. Paranoia de estos tiempos, miedos dispersos, simples manías. Lo real en todo ello está en no encontrar nuestro lugar, nuestro ritmo adecuado.
Pensaba en esas ideas cuando me di cuenta que ya no estaba siguiendo el mismo camino que realizaba todas las tardes hacia mi hogar. El lugar me era familiar, pero definitivamente no estaba donde debía. Temía admitir que me había perdido. Claramente se trataba de mi barrio aunque hacia mucho que no estaba por esas calles. La gente era la misma, de eso no había dudas. Gente que volvía de sus trabajos, anónimos sin rostros que se empujaban y caminaban apresuradamente. Sin embargo ¿Dónde estaba? Una respuesta que tal vez no quería contestar. Camine por un tiempo más y la certeza de no saber hacia dónde iba se hizo mayor. No recuerdo cuanto mas seguí así, sumido en ese extraño trance de lo desconocido. Debí hacerlo por horas ya que oscurecía cuando logre despertar de aquel sueño en plena realidad.
Algunos creen que el orden hace al progreso. Las estructuras tienden a asegurar el éxito y los días marcando tarjeta terminan siendo la razón de porque estamos en esta vida. Hoy ya no creo eso. Terminamos por ser autómatas dejando de lado el secreto que se esconde en enfrentar lo diferente momento a momento.
Cuentan aquellos que vieron lo sucedido que un hombre bien vestido y sin rumbo vagó por días por los aledaños de la ciudad sin siquiera parar para descansar. Algunos se le acercaron preguntándole si estaba perdido a lo que les respondía siempre “hoy tan solo rompí con la rutina”...

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Sueños

Nadie se niega a soñar, a pesar de saber que luego despertara. Nadie se enoja por los sueños. De las pesadillas tal vez sí, pero no de los sueños. Nos toman por sorpresa, nadie espera aquello que luego vivirá en el inconsciente. En un mundo paralelo, en otra dimensión, vaya a saber dónde. Cuando te encontré lo supe desde ese primer momento. No podía ser real. Lo sabía y me engañe a mí mismo. Quise creérmelo. ¿Por qué no? ¿Acaso no podía jugar con eso? Fuiste mi mejor metáfora, mi utopía en un mundo demasiado real. Termine por dejarme llevar, allá lejos y en otro tiempo. Donde el horario no tiene apuro y los apuros son instantes que la eternidad espera.
Dejarse llevar no es algo que se da todos los días. Nos empecinamos para que todo sea como nosotros planeamos. El tema es cuando no hay plan. El plan es que no lo haya. Es ahí cuando lo mágico pasa y entonces el cuento nos narra la historia menos pensada. Mientras la vivimos el vino con el que nos embriaga hace que el camino sea ideal. Nadie nos pregunta si sabemos cómo ese camino termina, a donde nos lleva ni cuando el cuento llega a su final. Simplemente nos dejamos llevar. Así empieza. Así termina. Si te dejas llevar es preciso que no dudes en nada. Porque la duda altera, la duda hace que entonces te encuentres buscando un plan. Y la verdad es que no lo hay. En nuestro camino no había plano ni mapa, solo el camino. Y de eso se trataba, solo de ir hacia adelante, juntos. Eso nunca lo dude.
Los sueños nacen para morir. Curiosa realidad. Realidad de ensueño el querer que sean eternos. Las cosas pasan, los sueños también. Despiertas queriendo volver, a veces porque si bien no recuerdas te quedas con la sensación de haber vivido algo diferente a lo que en la realidad te espera. Otras veces recuerdas. El olvido no hace su trabajo como debería y es uno el que debe solucionar el presente. Solución que solo se encuentra en un pasado que fue y no volverá a ser. Porque el pasado esta solo para ser recordado o en el mejor de los casos olvidado, pero nunca para volver a vivirlo. Un pasado en tu presente hace que vivas un paso atrás de donde deberías pisar. Y así no se camina. Así no se avanza. Pero... ¿para qué avanzar? Gran pregunta. Aunque existe su respuesta o un intento de serlo. Allá adelante es donde hay más sueños, de esos que no esperas. Como el que tuviste, pero con otros desenlaces, con otra vivencias. Diferentes. Tal vez por eso valga la pena soñar. La vida misma es un continuo inicio y fin de sueños que deberían ser correlatos unos de otros. Porque cuando un sueño se termina, ¿no debería comenzar otro? Cuando alcanzamos una meta, ¿no deberíamos querer llegar a otra? Deberíamos, creo.
Un sueño no pide perdón. La persona con la que soñamos tampoco. Al menos no debería. ¿Qué culpa tiene si al fin y al cabo los que soñamos somos nosotros mismos? Nadie elije ser soñado, simplemente sucede. Algunos lo desean, pero la historia que se sueña no corre por cuenta de quien sueña que lo sueñen. Realidad difícil. Trabalenguas que hace perder al lector. Deseo que me sueñes pero no me hago responsable de como lo harás. Haz algo, tan solo sueña. Vía libre para arrancar, un primer paso, un duro aprendizaje a transitar.
A pesar de todo olvidamos la mayor parte de nuestros sueños. Es ahí donde me pregunto ¿Por qué no te olvide a ti? Algunos sueños se transforman en recuerdos que terminan por ser tan inolvidables que confunden. Se mezclan. Confunden un pasado sin futuro con un futuro que quedo atrás. ¿Que sigue después? Algunos se conforman, como dije antes, con seguir adelante con otro u otros sueños. Yo me conformo con volver a soñarte. Simplemente lo complejo es mi antojo al dormir...

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